La mayoría de las personas aprenden a leer en la escuela primaria, pero yo creo que recién aprendí al cursar la carrera de Letras en la universidad. En una de las primeras materias, una profesora nos transmitió una enseñanza de Josefina Ludmer, quien a su vez había sido profesora de ella: para escribir o hablar acerca de un texto, hay que leerlo siete veces.
La propuesta no era una barrera de entrada. No es que si no se había leído siete veces el texto no se tenía derecho a opinar sobre él. Se trataba de tener algo que decir sobre una obra (y no sobre otra cosa usando la obra como excusa), y para eso la relectura era fundamental.
La indicación parece talmúdica, y es probable que Ludmer exagerara porque sabía que si decía siete sus alumnos leerían cinco o seis, y mi profesora la evocaba con tal admiración que nos daba a entender que tres o cuatro lecturas estaban bien para cualquier mortal, aunque seguro sabría que los que repartíamos nuestro tiempo entre el estudio y el trabajo con suerte llegaríamos a una relectura o dos.
Pude comprobar que la cantidad de lecturas influye, y que si bien siete es una buena medida, no es imprescindible. Lo importante es la repetición. De una vuelta a otra se iluminan partes distintas del texto. Algunas se hacen invisibles y dejan emerger los detalles. Otras, de a poco, empiezan a hacer eco entre sí.
Las lecturas sucesivas se van desprendiendo del significado. Es como el juego infantil (o la confusión adulta) de repetir una palabra hasta dudar de su sentido. Entonces puede aparecer el sonido, la estructura, las resonancias.
Quienes participan de mis talleres saben cuánto énfasis pongo en los recursos de escritura, que en el trabajo cotidiano pueden parecer algo así como la paloma, la reina de corazones o la asistente no desmembrada que el mago tiene preparadas fuera de escena.
Recién hace unos días se me dio por desnaturalizar la palabra, fijarme en su etimología y en sus distintas acepciones. De las que recoge el Diccionario la RAE, hasta ahora creo que usaba el término en el sentido la segunda: “Medio de cualquier clase que, en caso de necesidad, sirve para conseguir lo que se pretende”; o la séptima: “Conjunto de elementos disponibles para resolver una necesidad o llevar a cabo una empresa”. Sin embargo, ahora la que más me convence es la tercera: “Vuelta o retorno de algo al lugar de donde salió”.
Un recurso es, ni más ni menos, lo que se repite en el nivel formal. De eso están hechos los textos y es lo que en verdad se escribe, más allá del cuentito que se quiera contar.
Esta semana te propongo escribir un texto en el que se repita un objeto.
Mucha suerte, y a trabajar.